- ¿Qué corte quiere?
- Quiero que me corte sólo las puntas.
- ¿Pero recto o melena?
- Ehm... no sé. Sólo me quiero cortar las puntas porque se me están quemando, un dedo por favor.
- ¿Uno o dos dedos? Debe ser una melena...
- Uno, por favor. Si está muy dañado, que sean dos, me da lo mismo.
- Ya, un dedo.
La peluquera empieza a cortar el pelo.
- Tiene hartas canas usted.
- (¿No, en serio?) Si.
- Muchas canas.
- (Uhm, seguramente no me las veo... bueno, en verdad no me las veo porque apenas me miro al espejo... pero sé que las tengo). Es hereditario.
- ¿No ha pensando en teñirlas?
- (Con lo poco que me insisten) No por ahora.
- Debería teñirlas, es tan joven.
- (¿Debería? Ja, una vez me eché algo que tenía menos componentes químicos que una tintura y me ardió la cabeza como los mil infiernos, ¿¡Cómo se echan eso en la cabeza!? Si arde, arde, ¿¡Cómo no se les cae el pelo!? ¡Me niego rotundamente!) Aún no.
- (Una pequeña pausa) Debería hacerse algo más natural...
- (¿Más natural que tener las canas naturales?) -Silencio-
- Si, hacerse unas mechas...
- (Esa tortura medieval donde te sacan mechas con una aguja, te hacen tostar la cabeza y ni sientes la tintura con el dolor que te provocan en el cuero cabelludo) Silencio.
- ... Es tomar algunas mechas y bajarlas un color, te ponemos un casco de plásticos y sacamos algunas mechas muy delgadas...
- (Silencio)
- Se ve súper bien.
- (¡A qué hora se termina esto, si es cortar las puntas no más) Mmm
- (Silencio)
- (Más silencio)
Tic-tac, tic-tac, tic-tac.
- Listo.
- Gracias (mientras empiezo a levantarme de la mesa).
- ¿No quiere verse?
- Bueno, gracias, se ve bien.
- Debería venir cada dos o tres meses.
- (¿Para teñirme las canas?. Ah. Gracias, que les vaya bien.
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Debo ser la peor conversadora en las peluquerías.